LA HOGUERA DE LA NOCHE DE SAN MARTINO
En la noche de San Martino, los mozos de Castrotierra se reunían en una zona elevada del pueblo conocida bajo el sobrenombre de El Castillo, y en ese punto, después de amontonar tablas, troncos, cardos, ramas y sarmientos, organizaban una fogata, prendiendo fuego a la leña previamente transportada en carro desde el valle.
Los jóvenes reunidos en torno al fuego contemplaban ensimismados el movimiento ágil y cimbreante de las llamas, removían los rescoldos o añadían más trozos de madera para mantener encendida la hoguera.
La estampa creada de un lado por las llamas en medio de la negrura propia de la madrugada y, de otro, por la ubicación de la hoguera en el punto más alto del pueblo, sobre la cima de una gran ladera que dominaba majestuosamente el valle debía de ser cuando menos sorprendente. La hoguera de la noche de San Martino en Castrotierra observada desde la hondonada del valle semejaba un faro luminoso y mágico circundado por un infinito piélago de oscuridad.
La alusión al faro es más que una figura literaria basada en la comparación. De hecho, esta hoguera servía como guía luminosa para el numeroso grupo de personas que regresaba a Castrotierra después de haber visitado la feria ganadera de Mansilla de las Mulas. Tomás Lozano, autor de un escrito acerca de Castrotierra, da más detalles sobre San Martino: "El 11 de noviembre era San Martino, la feria de Mansilla. Los chavales hacíamos una hoguera en el castillo, para que se orientaran los que venían de la feria. Iban muchos a comprar y vender mulos, vacas, ovejas y a por los cerdos para luego cebarlos. Algunos de los que iban a la feria se liaban con los charlatanes y "los de las tres cartas" y acababan desplumados, volviendo a casa sin cerdo y sin dinero y disculpándose, diciendo que les habían robado por el camino".
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