EL "ANTRUIDO"
Durante el transcurso del alegre "antruido" o carnaval, denominado en otros lugares de la geografía española: antroido o antruejo, la chiquillería recorría el pueblo, como una centella, armando un estruendoso bullicio, y llamando a todas las puertas con el fin de pedir el aguinaldo: queso, chorizo frito, tortilla, pan, etc.
La comida que se había recogido se ponía más tarde en común durante una merienda que se celebraba en las eras. El vino lo proporcionaba el alcalde, que era llevado a hombros hasta su bodega entre vítores.
Más valía dar las viandas para la merienda del "antruído" a través de la ventana. Si se entregaban por la puerta , existía el riesgo cierto de que los chicos entraran en el domicilio y llevaran a cabo travesuras como, por ejemplo, esparcir gran cantidad de paja por el suelo de la vivienda.
La prudencia aconsejaba mantener las puertas cerradas a cal y canto las jornadas de carnaval, porque los muchachos podían irrumpir en casa y, si lo conseguían, eran capaces los muy tunantes de deshacer las camas o de introducir un canto dentro del puchero donde se estaba guisando la comida. Pese a todas las precauciones que se pudieran tomar, los niños acababan arrojando paja delante de la puerta y sobre el alféizar de las ventanas.
Muchos vecinos de la localidad se disfrazaban de gitanos, toreros, clowns, médicos... para luego participar en un colorido concurso de disfraces.
Cuando llegaba el "antruído", uno de los herreros del pueblo solía atar un higo al extremo de un palo y a continuación lo zarandeaba diciendo a los niños en plena calle:
"¡Al higuín, al higuín,
con la mano no
con la boca sí!"
Los niños empezaban entonces a saltar con las manos a la espalda al tiempo que abrían la boca ansiosos por dar un certero mordisco al fruto seco. Por muchos brincos que dieran, intento tras intento, casi nunca lo conseguían, porque el herrero levantaba el palo bruscamente cada vez que algún niño estaba a punto de alcanzar el higuín.
Durante la fiesta de Don Carnal, todos inmersos en una gran algazara callejera, se tocaban panderetas, guitarras y laúdes o se metía ruido por las calles haciendo chocar dos latas entre sí, golpeando una lata con palos o agitando cencerras y esquilas.
Una vez por carnestolendas varios vecinos de Castrotierra accedieron a una casa particular con un burro al que habían puesto medias en las patas y, acto seguido, levantaron el rabo del asno exclamando: "¡Mira a la cámara, que te vamos a sacar una foto!"
Finalmente, entre las carcajadas de los presentes y del propio "retratado" -el dueño de la casa- entregaron la foto prometida que no era otra cosa que un simple recorte de periódico.
La llegada de la Cuaresma ponía fin a estos indudablemente animadísimos carnavales.
Comentarios
Publicar un comentario