LAS BODAS

En "Recuerdos de antiguas costumbres. Castrotierra de Valmadrigal", un escrito de trece páginas realizado en 1995 y que circula en fotocopias por el pueblo, su autor, Tomás Lozano Rodríguez, hijo del pueblo, donde vivió hasta los cuarenta años, describe detalladamente como eran las bodas en Castrotierra:

"El día de Pascua se terminaba la prohibición del baile y también del ayuno. Ese día nos daban la Pascua con algunos dulces caseros y se abrían las velaciones. Por eso, casi todos los años, en esa fecha, salían novios algunas parejas. Podían ser los dos del pueblo o uno del pueblo y otro forastero.

La primera velación solía ser en casa de la novia y la segunda en casa del novio. Normalmente eran tres velaciones. A la salida de misa se le deba la enhorabuena al novio y éste te entregaba un cigarrillo. Con el novio iba el acompañante, que solía ser un hermano, primo o amigo del novio. A la novia iban a darle la enhorabuena a su casa los familiares y las mozas amigas y ella les obsequiaba con dulces y bebidas. La novia también tenía acompañada.

El arreglo de la boda procuraba hacerse con el mayor secreto y, como indica la palabra arreglo, muchas veces eran los padres los que unían a los novios. En algunos casos se pedía la dote, que solía ser una finca, dinero o una casa, según categorías. Podía darse el caso de que los padres no llegaran a un acuerdo en cuanto a la dote y entonces, se deshacía el noviazgo.

Cuando un mozo se echaba novia en otro pueblo, el día que salí novio (cuando se anunciaba el compromiso), tenía que pagar los derechos, (abonar una cantidad a los mozos del pueblo de la novia para que estos hicieran una merienda). Pero a veces surgían problemas, ya que algunos espabilados, en cuanto veían a un mozo de fuera del pueblo, le pedían los derechos. Por estas circunstancias se creaban rivalidades entre los jóvenes de unos pueblos y otros.

En uno de los arreglos de boda que tuvieron lugar en el pueblo ocurrió lo siguiente. Los mozos vieron venir a unos forasteros y supusieron que se dirigían a casa de alguna moza para arreglar la boda y les siguieron. La casa donde se llevaba a cabo el arreglo era bajo y, por unas paredes de un corral lindante, cuando se estaba preparando la cena, dos mozos subieron el tejado. A continuación, con unos céspedes, taparon la chimenea, ¡menuda humareda se armó! El dueño de la casa, que era muy mayor y algo ignorante, salió al corral y, a través de la ventana, decía a los que estaban en su casa: "¡Mirad, hay una pava en el humero!, ¡Buena noche te va a amanecer!, ¡Traed la escopeta, que la voy a llenar el cuerpo de perdigones!". Cuando vio que eran céspedes y que salían corriendo los dos mozos que estaban en el tejado, se llevó una gran sorpresa.

En aquella época las bodas se celebraban en la casa de los padres de la novia. Como se solía juntar mucha gente, si en la casa no había habitaciones suficientes, se hacía en alguna casa o pajar vacío; se solía habilitar el local más adecuado, el cual se adornaba de la mejor manera. Luego entre los vecinos y los familiares se les suministraba mesas, sillas, tapetes, manteles, vajilla y todo lo necesario para el evento.

Las bodas solían durar dos días. A la salida de la iglesia, los padrinos tiraban confites y caramelos y todo el pueblo iba a correr los confites. Los novios o recién casados recorrían el pueblo junto con los invitados hasta la hora de comer. En la comida el novio daba un puro a los invitados y, por la tarde, en el refresco, el padrino daba otro puro y la madrina el capillo (un paquete de caramelos y peladillas).

Durante la cena de la boda se vigilaba a los novios para que no se escaparan a dormir, a veces les ataban uno de espaldas al otro y otras veces las costumbres eran más bárbaras, pero al final, las viejas se encargaban de prepararles la escapada y les llevaban a casa de algún familiar o amigo. Normalmente, se gastaban bromas a los novios: En la cama que les tenían preparada les colocaban un cencerro para que, al acostarse, sonara: otras veces les colocaban mal el somier y al acostarse, se daba la vuelta y les pillaba debajo.

Al día siguiente los jóvenes iban a buscar a los novios para castigarles por haberse escapado; era la forma de divertirse.

Entre acto y acto había baile para los invitados a la boda y para todo el pueblo; los más pudientes contrataban a algún músico y los demás lo hacían en el salón del pueblo con el chinganillo (una especie de organillo) y más tarde con el altavoz.

En la sobremesa de la comida y cena se cantaba los pajaritos, que servían para dar las gracias o criticar a los padrinos, padres, novios y a todos los componentes del convite, cocineros y camareras. Una parte de los invitados cantaban los versos y los demás el estribillo.


Cantaban los pajaritos

A la sombra de un espino

Y con su pico decíaN:

¡Qué viva el señor Padrino!


ESTRIBILLO

Esta sí que se lleva la gala

Esta sí que se lleva la flor

Esta sí y las otras no.


Cantaban los pajaritos


Revolando por las eras


Y con su pico decían:

¡Que vivan las cocineras!


Y una vez terminada la boda, al día siguiente a la faena. Los novios tenían que pasar aproximadamente un año en casa de los padres, cada uno en casa de los suyos. Por lo tanto, en aquellos tiempos la luna de miel era trabajar.

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