CAZAR RANAS EN EL RIACHUELO

De noche grupos de muchachos se acercaban hasta el riachuelo que cruza sinuoso el valle de Castrotierra. Su objetivo: cazar ranas para después cocinar sus ancas.

Primero, los mozuelos se descalzaban, luego dejaban los zapatos a la orilla del "Lagaruso" (el arroyo de Valdemuriel) y los que llevaban pantalones largos se subían la parte inferior de los mismos. A continuación, se introducían en el agua, que les cubría hasta los tobillos en unos lugares y en otros hasta las rodillas o incluso más.

Avanzaban con sigilo para no ahuyentar a los batracios, procurando en todo momento no causar ruido. Sentían sus pies mojados y al tiempo que caminaban, iban apartando cuidadosamente los juncos con las manos.

Los jóvenes cazadores de ranas, en su avance, formaban una hilera ocultos por su mejor aliado: la obscuridad nocturna. De cuando en cuando uno de los muchachos se agachaba repentinamente para sorprender a su presa. Si la intentona fracasaba, otros cazadores cercanos rápidamente trataban de alcanzar a la huidiza rana.

El silencio se había quebrado por culpa de las voces y el chapoteo de pies y manos, pero sólo momentáneamente ya que pronto la expedición se concentraba otra vez en su estrategia de sosiego para no dar pistas a los anfibios que, con un poco de suerte, formarían parte de una deliciosa cena al día siguiente.

Pese a las dificultades  de la caza como la falta de luz y la piel mojada y resbaladiza de las ranas, el cesto con las piezas capturadas se iba llenando poco a poco, para regocijo de la chavalería.

 

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