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Mostrando entradas de noviembre, 2024

EL CUIDADO DEL GANADO

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Las caballerías (yeguas, caballos, machos y mulas) se reunían alrededor de las nueve de la mañana en la Plaza del Ganado, cerca del comienzo de la cuesta que conducía hasta el valle y los pastizales. Todo aquel ganado compuesto por cabezas pertenecientes a diversos propietarios iba acompañado por un cuidador que vigilaba atentamente sus movimientos. Dos eran los lugares de destino posibles para llevar el ganado a pastar: los valles que había detrás de la cooperativa (Valdeabeja, Fuentelateja, Valdelamuerta, Valdelaviera, etc) o los valles por donde fluye el arroyo (Valdecasiilla⁴, Valdecumuña, Valdemuriel). Normalmente, se prefería la primera opción, puesto que en aquellos parajes había más pastos. Al atardecer, las caballerías que habían estado pastando en los terrenos comunales de Castrotierra, regresaban al pueblo por el mismo camino que les había conducido hasta allí. Una vez en el pueblo, prácticamente invadían las calles, formando un gran revuelo, entre nubes de polvo, provocadas...

LA CARTERA EXTRAVIADA

De camino a la feria de Benavente, Hermenegildo Serapio, un tratante de ganado que vivía en Castrotierra, encontró por azar una cartera llena de dinero. Además de una cuantiosa suma en metálico, billetera contenía el documento de identidad del propietario.  De retorno en Castrotierra, "Gildo" comentó lo sucedido a su mujer. La suma de dinero  que contenía la cartera era bastante considerable.  Sin embargo, Hermenegildo no quería sentir remordimientos de conciencia. Con determinación buscó al dueño de la cartera, que se llamaba Maximino y residía en Benavente. No fue difícil localizarle preguntando por la calle ya que la mayoría de los habitantes de la ciudad se conocían entre sí.  Cuando por fin encontró a Maximino, le entregó la billetera con todo el dinero intacto. A partir de entonces, Maximino, en señal de gratitud, hizo numerosos favores a Hermenegildo, compartieron algunos negocios y llegaron a ser grandes amigos hasta el punto de que "Gildo" puso a uno de sus...

LOS PASEOS DEL SEÑORITO Y DON DANIEL

Muchas mañanas  el conocido como "señorito de Castro" iba paseando desde Castrovega de Valamadrigal, donde residía habitualmente (en una casa solariega que aún se conserva), hasta  Castrotierra, ataviado con chaleco, calzones anchos, chaqueta blanca  de lana y medias blancas  también de lana hasta la rodilla, a juego con la chaqueta. Entraba en Castrotierra por la avenida principal, situada cerca de donde se halla actualmente la cooperativa, y se dirigía con parsimonia a través de la calle San Marcos hasta la casa rectoral, es decir, la casa del cura del pueblo, por aquel entonces Don Daniel.  Posteriormente, tras unos saludos de cortesía y algunos comentarios que daban inicio a la conversación, ambos comenzaban a su acostumbrado paseo matinal, que les conducía a alguno de los caminos de arena y cantos que partían del pueblo en dirección a otras localidades del contorno.

ESTA UNA MADRE CRIANDO UN HIJO

  Genoveva Rodríguez había nacido en Villeza. Se casó con un herrero. Ambos vivieron en Castrotierra de Valmadrigal, en una casa fragua construida en tapial de tierra y situada en el "Barrio Arriba". Esta mujer dio a luz trece hijos de los cuales sólo sobrevivieron cinco. En la localidad de Villeza todavía la recuerdan entro otras cosas, porque regresaba todos los años a su pueblo natal durante las fiestas patronales y permanecía allí un par de semanas. Según datos facilitados por sus descendientes, Genoveva Rodríguez  vivió 88 años y murió en la década de los sesenta del siglo XX. Su descripción física se resume con estos rasgos: delgada, alta, boca pequeña, tez pálida, ojos castaños, pelo negro, que solía llevar recogido en un moño. Por lo que respecta al carácter y la personalidad era alegre, hablaba mucho. sin caer en las murmuraciones, era muy católica, "de misa diaria" y con frecuencia acogía a los pobres en el pajar para que no durmiera a la intemperie y les ...

LOS HOMBRES QUE SE VESTIAN CON SACOS

En el curso de una conversación, un paisano de Castrotierra contaba en 1992 que muchos años atrás (tal vez unos sesenta años), enfrente de su casa vivía una menesterosa familia, verdaderamente pobre, cuyos integrantes se vestían con sacos debido a la miseria que les acuciaba.  Su paupérrimo estado, al que podríamos calificar con las palabras:  escasez y severa penuria, alcanzaba tal grado que incluso les impedía comprar ropa o trozos de tela para coserlos entre sí y hacer un pantalón, una camisa, una falda o un jersey.  Por increíble que hoy día pueda parecer, los sacos de tejido basto y a la vez áspero que habitualmente utilizaban los agricultores para almacenar trigo o centeno, eran aprovechados por esa familia indigente para vestirse, después de efectuar varios agujeros en el saco, uno para la cabeza y otros dos para los brazos.  Las piernas de estos desheredados asomaban por el extremo abierto que ya traía el saco. Finalmente, se ataban alrededor de la cintura un...