LA CARTERA EXTRAVIADA
De camino a la feria de Benavente, Hermenegildo Serapio, un tratante de ganado que vivía en Castrotierra, encontró por azar una cartera llena de dinero. Además de una cuantiosa suma en metálico, billetera contenía el documento de identidad del propietario. De retorno en Castrotierra, "Gildo" comentó lo sucedido a su mujer. La suma de dinero que contenía la cartera era bastante considerable.
Sin embargo, Hermenegildo no quería sentir remordimientos de conciencia. Con determinación buscó al dueño de la cartera, que se llamaba Maximino y residía en Benavente. No fue difícil localizarle preguntando por la calle ya que la mayoría de los habitantes de la ciudad se conocían entre sí.
Cuando por fin encontró a Maximino, le entregó la billetera con todo el dinero intacto. A partir de entonces, Maximino, en señal de gratitud, hizo numerosos favores a Hermenegildo, compartieron algunos negocios y llegaron a ser grandes amigos hasta el punto de que "Gildo" puso a uno de sus hijos el nombre de aquel entrañable amigo, que además fue padrino del niño.
Maximino, el dueño de la cartera, demostró ser un tipo de extraordinaria suerte y no sólo por haber recuperado la billetera. Antes de que sucediera el episodio de la cartera, este hombre había decidido emigrar a América. Compró el pasaje del viaje en barco y, finalmente, subió a bordo, pero cuando estaba navegando rumbo al Nuevo Continente sucedió lo imprevisible: un número de la lotería que había comprado en España, poco antes de embarcarse, resultó premiado.
La rueda de la fortuna había girado de nuevo a su favor. Inmediatamente emprendió el regreso a su patria. Y, una vez en España, Maximino montaría una carnicería y colaboraría como socio con Hermenegildo en el sector comercial de la compraventa de carne, en el que Gildo tenía ya una dilatada experiencia.
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