EL CUIDADO DEL GANADO

Las caballerías (yeguas, caballos, machos y mulas) se reunían alrededor de las nueve de la mañana en la Plaza del Ganado, cerca del comienzo de la cuesta que conducía hasta el valle y los pastizales. Todo aquel ganado compuesto por cabezas pertenecientes a diversos propietarios iba acompañado por un cuidador que vigilaba atentamente sus movimientos.

Dos eran los lugares de destino posibles para llevar el ganado a pastar: los valles que había detrás de la cooperativa (Valdeabeja, Fuentelateja, Valdelamuerta, Valdelaviera, etc) o los valles por donde fluye el arroyo (Valdecasiilla⁴, Valdecumuña, Valdemuriel). Normalmente, se prefería la primera opción, puesto que en aquellos parajes había más pastos.

Al atardecer, las caballerías que habían estado pastando en los terrenos comunales de Castrotierra, regresaban al pueblo por el mismo camino que les había conducido hasta allí. Una vez en el pueblo, prácticamente invadían las calles, formando un gran revuelo, entre nubes de polvo, provocadas por su avance. Tengamos en cuenta que las calles no estaban asfaltadas como hoy día sino que eran de arena y piedras. Así pues, la polvareda que levantaban estos animales dentro del pueblo al golpear vigorosamente la tierra con sus herraduras era de grandes proporciones. Los vecinos procuraban alertar del peligro a voz en grito, para que la gente se apartara de las calles al paso de las manadas de machos y mulas.

Cada animal se dirigía él solo hasta la casa de su dueño, se colocaba en el portal y esperaba pacientemente para que le abrieran. Los colores totalmente negro  o  blanco por completo en la piel eran excepcionales. También había algunos animales con manchas de color de varias tonalidades. Los “machos tordos” lucían manchas blancas y negras. Los “machos mohínos” se caracterizaban por tener la cabeza negra y pequeña.

En aquel tiempo no había tractores, así que el número de machos y otros tipos de ganado imprescindibles para las tareas agrícolas era elevado: entre sesenta y setenta cabezas.

Los jatos menores, novillos –posteriormente llamados chotos–, terneros y asnos (es decir "el ganado menudo") se reunían más o menos a la misma hora en el primer tramo de la mencionada cuesta, separados convenientemente de los machos y mulas. Una persona se encargaba de cuidar a este conjunto de animales cada jornada hasta que se ponía el sol. 

La señal de aviso para concentrar tanto a las mulas como a los jatos era el sonido de una caracola de mar grande o el de un cuerno de vacuno (con más frecuencia la caracola marina) que se hacía sonar de manera intermitente. Dos escuetos versos del poeta Quinty González, nacido en Castrotierra, rememoran esta costumbre: “la manada en la plaza/ el toque del cuerno”. El encargado de emitir estas señales acústicas era el propio cuidador del ganado, al tiempo que iba recorriendo las calles del pueblo.

El ganado vacuno y mular de Castrotierra salía a pastar todos los días sin excepción según el sistema descrito.

Los responsables de cuidar el ganado –casi siempre miembros de la misma familia– recibían a cambio de sus servicios una hemina de trigo por parte de cada propietario de ganado, efectuándose el pago mediante entrega de grano una vez por año, en la época de siega y  recogida del grano, después de "las limpias".






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