Al igual que en otros pueblos de León, en Castrotierra de Valmadrigal se celebraban con asiduidad reuniones de vecinos conocidas bajo el nombre de "hilorios". Después de cenar y durante las primeras horas de la noche hasta las doce o la una se reunían en la cocina, al calor del fuego de la chimenea, grupos de vecinos y vecinas en diferentes casas del pueblo para entretenerse jugando a las cartas, platicando amigablemente o bailando al son de un laúd, un acordeón o una guitarra. Nos remontamos a una época en la que determinadas fórmulas de recreo y esparcimiento modernas no existían. El medio rural apenas contaba entonces con cines o teatros y la televisión, hoy en día omnipresente, aún no había aparecido. Según los comentarios de personas que asistieron en su juventud a los hilorios: "se cosía mucho a la luz de un candil". La denominación de estas reuniones vecinales de marcado tinte social, donde rara vez faltaba el huso y la rueca y que tenía lugar en muchas casas...
En el interior de las casas de Castrotierra se combatía el frío leonés mediante el uso de varias estrategias: encendiendo el fuego del hogar, utilizando ropa gruesa de pana, arropándose en la cama con varias mantas y un "cobertor" (manta bastante pesada hecha con tejido vasto) y haciendo uso de tres clases distintas de bufandas durante los meses de mayor frío: "chalina", una bufanda más bien pequeña, la bufanda de tamaño normal y "colegial", una suerte de bufanda grande, que incluso se utilizaba para tapar la cabeza. Las paredes de la vivienda, con alrededor de 70 cm. de ancho mínimo en todos sus tramos principales, fueron construidas a propósito con intención de recoger y conservar durante el mayor tiempo posible el calor que irradiaba la chimenea. Había casas, como la rectoral, que disponían de un sistema de calefacción a través de canales situados bajo el suelo. Los canales subterráneos extendían el calor por las habitaciones. Este sistema, conocido...
De madrugada, mientras el resto del pueblo estaba descansando plácidamente en brazos de Morfeo, pandillas de mozos se acercaban con sigilo hasta las casas de las muchachas solteras para colocar en la ventana o en el balcón (con mayor frecuencia en la ventana, porque eran pocas las casas que tenían balcón) una rama de chopo con hojas, arrancada de los árboles del valle. Para encaramarse al balcón, aquellos jóvenes utilizaban una escalera de mano. Ataban el ramo a los barrotes de hierro del balcón o en la ventana con un cordel. Y, al amanecer, la muchacha descubría el ramo, que constituía una prueba de que algún joven del pueblo albergaba interés por ella o ambicionaba ser su novio. Una señora de Castrotierra contaba que no siempre el ramo colocado por el galante Romeo embozado en la oscuridad nocturna llegaba intacto al alba. En ciertas ocasiones, si la muchacha ya tenía pretendiente, éste, a escondidas, retiraba del balcón el ramo depositado por su rival, antes de que amaneciera. ...
Comentarios
Publicar un comentario